El Giro de Italia y la nieve

La corsa rosa, por las fechas de su celebración, ha vivido una relación muy estrecha con el manto blanco, que, unido a sus grandes montañas, ha deparado jornadas de ciclismo muy intenso y épico, con los ciclistas sufriendo como nunca por llegar a meta, pero aportando unas imágenes que crean afición. Ello tiene muchos aspectos positivos, a nivel de imagen y espectacularidad. No hay montañas más bonitas que las de Italia con esos retoques blancos de fondo que, adornados con tiffosi de color rosa y la mancha que la serpiente ciclista dibuja sobre las laderas, hacen las delicias de los verdaderos aficionados al ciclismo más puro y antiguo.

Esa épica, que en el fondo sólo es recordar en algunas etapas por qué somos aficionados a este deporte, es la que se rememora, un aspecto precioso de ese clima, además de las imágenes de ciclistas al límite del esfuerzo, lo que realmente ha hecho que el ciclista haya tenido ese estigma de deportista de élite y de gran mérito (hasta la aparición de los casos más sonados de dopaje), una imagen que el ciclismo debe recuperar para volver al lugar que le corresponde.

No es fácil obtener ese rédito. La organización del Giro de Italia ha sufrido para establecerlo, incluso en algunos momentos ha renegado de él. El papel secundario que ocupa la carrera en la actualidad ha provocado que los giros de dirección hayan sido constantes en los últimos años. La participación -floja, no sólo en corredores de primera fila- ha hecho mella en su fama, muy medrada y retraída a posiciones, por supuesto, muy inferiores al Tour, y probablemente inferiores a las de la Vuelta, que con el apoyo de ASO y una posición en el calendario más amable -posterior al Tour-, ha conseguido rédito de esta situación estratégica.

La fuerza del Giro son las montañas, es la tradición, es el romanticismo de tener de su lado a los aficionados más puros, a los que les gusta el ciclismo agonístico, por encima de la marca. Esas montañas, esos recorridos imposibles, esos riesgos que han echado para atrás a más de una estrella temerosa de poner en riesgo la participación en el innegociable Tour. Todo ese encanto ha pasado por malas rachas. Sucede que la nieve es un buen adorno cunetero, pero no hay duda de los peligros que entraña, como, por ejemplo, poner en duda la celebración de las etapas. Sucederá en 2016. La etapa reina, que transcurre sin embargo por Francia, atraviesa los cols más míticos de la cordillera alpina, entre ellos la Bonette, el puerto más alto pisado nunca por ninguna de las tres grandes, pese a que no se ascenderá hasta la cima (interesante motivación para su construcción) para que la Cima Coppi se quede en territorio italiano.

El puerto más alto será el Agnello, que supera los 2.700 metros de altitud. Es imposible que no haya nieve a los lados de la carretera cuando se ascienda. También que si llueve, las gotas no sean nieve y que al menos la épica y el frío cale en los huesos del ciclista. Dependiendo de la tempestad, habrá o no espectáculo… o etapa. Sería una pena que estando la carrera tan bonita e impredecible como el año pasado con la lucha sin cuartel entre Contador y los Astana, se pueda ver perjudicado el seguimiento o la propia lucha por el rosa.

Sería una auténtica pena que Nibali, Landa, Valverde o cualquier otro candidato a la victoria no pudiera dar un vuelco a la clasificación en una etapa de alta montaña con mayúsculas como estas. Imaginemos por otro lado que la nieve está presente y el resultado son etapas que no quedan para el recuerdo, sino para la historia, para descubrir este deporte a nuevos aficionados que querrán degustar años y años de espectáculo como el vivido en este Giro.

W il Giro!

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