El plato grande

Las bicicletas de hoy día cuentan con desarrollos capaces de escalar lo imposible. Antaño no era tan sencillo, pero hay algo que no ha variado en demasía: el plato grande, que siempre ha estado presente, solo o acompañado.

Con la calidad de bicicletas que ofrece el mercado, el plato grande ha quedado reservado a esas ocasiones de descenso ligero o planicie absoluta. El desgaste que moverlo produce es muy elevado, pero el poderío que ejerce merece la pena, una jerarquía que sólamente se puede resistir durante un tiempo limitado. Mucha fuerza por pedalada, pero a la vez mucha energía empleada que después echaremos de menos.

¿En qué situaciones utilizarlo? Siempre que la pendiente sea favorable, sobre todo si se trata de tramos de ligero descenso, donde el provecho de emplear el plato grande nos ayudará a impulsar la bicicleta sin mucho esfuerzo añadido. En descenso puro, al no poder dar pedales, realmente es preferible no llevarlo. Si encontramos curvas muy cerradas donde tengamos que frenar casi por completo, es recomendable llevar un plato más pequeño que nos permita salir con fuerza y explosividad de ese momento para recuperar la inercia. En las subidas, en cambio, es poco eficaz, aunque se puede utilizar.

Una consideración que se debe tener en cuenta es que el cambio a plato grande se debe realizar de forma pausada. Un cambio brusco de plato, muy arriesgado si saltamos de pequeño a grande o viceversa, puede provocar el salto de la cadena, necesitando parar a repararlo. Incluso en caso de ciclistas profesionales se dan casos, por lo tanto se debe tener en cuenta.

Es interesante conocer cuál es el número de dientes que posee para poder adaptarlo a nuestras capacidades. Parece un simple detalle, pero la diferencia de un diente nos puede provocar mucho desgaste extra y que nuestro esfuerzo se vea alterado para mal.

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