Larrau, el gran coloso de los Pirineos

Las cadena montañosa que une Francia y España contiene grandes puertos que han sido y serán historia del ciclismo y del cicloturismo. Tourmalet, el rey, Aubisque, Peyresourde, Aspin, incluso la Bonaigua o Envalira, fuera de Francia, o Pailheres, pese a encontrarse quizás a otro nivel de fama aún. Todos reclutan a diario decenas y decenas de ciclistas que deciden emplear sus fines de semana o vacaciones en ascender sus duras e interminables rampas. 

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Larrau es un puerto que conecta una de las zonas más desconocidas del Pirineo (cada vez menos) con Navarra a través de Ochagavía. Es, sin lugar a dudas, uno de los ‘cocos’ no sólo de la cordillera, sino de toda Francia. Un puerto de unos 15 kilómetros con una pendiente media del 8%, contando con el descanso de tres mil metros que los ciclistas encuentran pasado el col d’Eroymendi.

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Comienza el puerto justo en Larrau, a donde se puede llegar, ya subiendo, desde Saint Engrace o bien desde el col de Bagargui, otro de los mitos olvidados del Tour de Francia. Un pueblo tranquilo en el que encontraremos la indicación a la derecha de una carretera más estrecha que marcha hacia el port de Larrau o Espagne, Navarra, España. Un punto en el que la pendiente comienza ya a ser excesiva, aunque el buen estado del piso engañe.

Se mantendrá la tónica durante varios kilómetros en el que es muy constante. Cogiendo ritmo se puede ascender fácil, parece que poco a poco el monstruo irá cayendo en nuestras manos, pero… ¿este puerto no da ningún respiro? Efectivamente, ninguno. Las rampas máximas no superan el 15%, algo muy significativo cuando la media porcentual del kilómetro no baja del 10-11 durante los primeros diez mil metros de ascenso. El asfalto, de nuevo, es una alfombra, pero eso sólo hará más deliciosa la tortura, porque el puerto pasa factura.

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Las herraduras y curvas sólo hacen que la pendiente se pueda acentuar en la cara interna. Por la externa nada cambia, el ritmo debe ser constante, la tortura lo es, es un puerto que hay que ascender en muy buena forma. Cuando superamos la altura de los picos colindantes quiere decir que en poco terreno hemos ascendido mucho. Eso no da más que la sensación de que estamos atrapados en un infierno de sensaciones que van desde el gusto por el ciclismo hasta el sufrimiento extremo.

El sudor no deja de caer mientras algún cartel indica la cercanía del col d’Eroymendi, donde encontraremos auxilio y consuelo con varios kilómetros de descanso. La vegetación comienza a escasear (al menos los árboles) y el paisaje se convierte en una auténtica maravilla, pese a que ya lo era. Las vistas son magníficas, es uno de los puertos transitables más altos de la zona y las montañas vecinas quedan a merced de este magnífico mirador.

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Una vez en este punto ya viene la parte más satisfactoria. Hemos recobrado las fuerzas, aunque sean de forma leve, y a partir de aquí quedan sólo dos kilómetros de sufrimiento. Son largos, durísimos, pero al estar colgados sobre una última pequeña montaña se hace mucho más entretenido, viendo en todo momento lo que queda de puerto. Eso puede suponer una ayuda o un auténtico calvario, depende.

El viento entrará de cara con casi toda seguridad y el cambio de temperatura entre la base y la cima será más que notable. Aquí sólo queda llegar al cielo, que es lo único que se observa en la última rampa. Ni siquiera el magnífico paisaje nos distraerá del objetivo. Este balcón nos dejará observar la bonita estampa de las montañas francesas y también mirando desde la explanada del puerto hacia el lado español del pirineo navarro en su esplendor.

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