Los ciclistas y los resfriados

Es muy común en las épocas intermedias del año, primavera y otoño, que los cambios repentinos de temperatura y climatología afecten a las personas sometidas a sus efectos. Más aún los ciclistas, sufrientes de los elementos de forma directa sobre su propio cuerpo. Viento, frío, sol y calor, una combinación de cualquiera de ellos sin estar prevenidos nos puede dejar en el dique seco durante un largo periodo de tiempo.

Por ello hay que llevar ropa de abrigo en todo momento, ya que una salida larga puede conllevar un cambio de meteorología brusco de un rato para otro. Sobre todo en las montañas, donde los aguaceros sin previo aviso están a la orden del día. Es conveniente, a su vez, que esta ropa de abrigo se pueda desprender en caso de máximo esfuerzo si llegado el caso lo creemos conveniente. Eso sí, una vez hemos parado dicho ejercicio, debemos volver al abrigo para evitar enfriamientos. Sin esperar, ya que de esa forma sólo daríamos oportunidad al sudor de traernos un problema en forma de fiebre o catarro.

Sucede lo mismo con el calor. Ante temperaturas incómodamente altas tendemos a rociarnos con agua fresca, buscando el alivio inmediato. Es un error garrafal. El paso del calor al frío sólo nos acercará más al resfriado. Mismo procedimiento tenemos con las sombras y el viento, muy peligrosos ambos por separado y en conjunción. Debemos abrigarnos una vez no estemos en pleno sol, más aún en épocas intermedias como estas, donde el calor es sólo un espejismo.

Las temperaturas en este caso polarizan, oscilan entre muy cálidas y muy frías, por lo que nos podemos encontrar con cambios en el ambiente entre la hora de salida y la de entrada. Prevenir, como en todos los casos, es mejor que curar. Mejor que la ropa sobre a que se eche en falta, ya que en un momento determinado podremos desprendernos de ella. Pero si no la tenemos, es imposible que nos la podamos poner.

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