Pavé, el alma de la París-Roubaix y del Tour de Flandes

Los tramos adoquinados son de una gran complejidad. La lluvia y el barro los hacen aún más complicados, puesto que la superficie es totalmente lisa y resbaladiza, al tratarse de esa textura que ofrece una piedra y la inseguridad propia de rodar sobre ellas. Un enorme cambio con respecto a la atracción y adherencia que ofrece el asfalto, que agarra mucho más firmemente las ruedas de los ciclistas. 

Cada año vemos cómo muchos de los ciclistas profesionales que afrontan estas carreteras tienen auténticos problemas para seguir en pie. Quien puede, trata de evitar pasar por encima del pavé, huyendo hacia un surco de tierra que encontrarán en los laterales del camino. Cuando llueve, el barro es casi peor solución que atravesar por encima estas piedras, lo que obliga a pasar por el peor de los sitios. Sin duda, una encerrona en toda regla para el que no vaya buscando estos tramos. Un placer para el que adore los retos y las inclemencias del terreno.

El peligro estriba en las posibles caídas, por supuesto, pero también en las averías mecánicas, que a su vez también nos pueden empujar al suelo. Saltos de cadena, dadas las vibraciones que produce el traqueteo en la travesía de los adoquines, roturas de radios de la bicicleta, daños en el cuadro, en el manillar… Existen ciertas bicicletas adaptadas a este duro contexto y que sufren en bastante menor medida estas circunstancias.

La París-Roubaix o el Tour de Flandes han obtenido de esta dureza su seña de identidad y distinción. El encanto de lo difícil, el reto del extremo, ha atraído durante décadas a aficionados, grandes estrellas y practicantes de menor fama. Una fiesta del ciclismo que dura incluso el fin de semana previo, con celebraciones cicloturistas o nocturnas que hacen de estos días un auténtico acontecimiento social.

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